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La verdadera unidad
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Publicado por: Mario Rodríguez Bernier
e-mail: guardandosupalabra@hotmail.com
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En su primera epístola a la iglesia de Corinto, Pablo escribe:"Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo..." "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular" (1 Corintios 12:12, 27). En este texto Pablo declara que la iglesia es el Cuerpo de Cristo . Dicho de otra manera, la iglesia local contiene a todos los que son miembros del Cuerpo de Cristo en un lugar dado. Por lo tanto, si usted es miembro del Cuerpo de Cristo, usted es parte de la iglesia de su área; si usted no es miembro del Cuerpo, no constituye parte de la iglesia.

Vida —la única base para la unidad


Siguiendo esta línea de pensamiento, Pablo escribió a la iglesia de Roma, diciendo: "Recibid al débil en la fe... porque Dios lo ha recibido... Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios." (Romanos 14:1, 3; 15:7). Según Pablo, la iglesia está integrada por todos aquellos que Dios ha recibido, y a quienquiera que Dios ha recibido, nosotros no podemos rechazarlo. El hecho de que nosotros recibamos a otros, no los hace miembros de la iglesia; los recibimos, porque ya son miembros. Por lo tanto, si Dios lo ha recibido a usted, entonces usted pertenece a la iglesia.
La implicación natural de esta verdad es que todos los creyentes que viven en la vecindad de usted, deben considerarlo miembro de la familia de Dios y deben aceptar con agrado tener comunión con usted. ¿Por qué? Porque usted comparte la misma vida que todos los demás cristianos nacidos de lo alto comparten. Por consiguiente, todos aquellos que comparten la indivisible vida de Cristo, son parte de la misma iglesia, porque el contenido de la asamblea local es el Cuerpo de Cristo.
En tanto que la mayor parte de los cristianos no tendría prácticamente ningún problema con lo que he expresado hasta aquí, lamentablemente muchos se han desviado de esta enseñanza en su vida práctica. En nuestros días el problema está en que numerosos cristianos no han hecho que el Cuerpo de Cristo sea la base de su comunión. O han añadido algo a este requisito básico o han quitado algo de él. De este modo, no pocas ‘iglesias’ modernas han excedido o han estrechado el alcance bíblico de la unidad cristiana, que es el Cuerpo de Cristo. Permítanme explicarles un poco esto.
Supongamos que en el lugar donde usted vive hay un grupo de creyentes que se congrega regularmente. Se llama "Primera Iglesia X". Cuando usted inquiere acerca de cómo hacerse miembro, en algunas por no decir la mayoría, se le entrega tacita o implícitamente una ‘declaración de fe’ que contiene una lista de sus creencias teológicas. Muchas de las doctrinas que aparecen en esa lista, van más allá de los fundamentos esenciales de la fe que marcan los requisitos mínimos y máximos para hacerse cristiano (tales como la Divinidad de Jesucristo, su obra salvífica, su resurrección corporal, etc.). Al seguir asistiendo a esa "Primera Iglesia x", en breve usted descubre que a fin de ser plenamente aceptado por sus miembros, usted debe adherirse a su modo de ver los dones espirituales y la seguridad eterna. Si ocurre que usted disiente de ellos respecto de uno de esos puntos doctrinales, se le hace sentir (ya sea explícita o tácitamente) que le sería mejor que frecuentara cualquier otro lugar.
¿Ve usted el problema que hay con respecto a esto? En tanto que la "Primera x" puede llamarse a sí misma una iglesia local, ella no llena los requisitos bíblicos de una iglesia. Al contrario, la misma ha socavado la base bíblica de la comunión, que es el Cuerpo de Cristo solamente. A los ojos del Señor, los miembros de ese grupo no constituyen una iglesia local. Son lo que la Biblia llama una secta. No se engañe usted con respecto a esto —en ningún lugar la Biblia nos autoriza a separarnos de otros creyentes a causa de una diferencia doctrinal. Muy al contrario, Dios prohíbe toda división por motivos doctrinales. (Note usted que Romanos 16:17 y Tito 3:9-11
Rom 16:17 Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.
Rom 16:18 Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos.


Tit 3:9 Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho.
Tit 3:10 Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo,
Tit 3:11 sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio.

No se refieren a errores doctrinales, sino al uso de doctrinas para polarizar y confundir a la iglesia.
Una vez más, si alguien pertenece al Señor, entonces forma parte de la iglesia, y debemos recibirlo en la confraternidad. Si para admitirlo en la confraternidad, requerimos de él cualquier cosa además de que haya recibido el Espíritu Santo, no somos una iglesia sino una secta. Todo aquel a quien el Señor ha recibido en un lugar dado, comprende (o forma parte de) la iglesia local.

El problema del sectarismo

Consideremos el significado del término secta como aparece en la Biblia. La palabra griega que designa secta es airesiς (háiresis /pron. jéresis/), y se la usa nueve veces en el Nuevo Testamento; ha sido traducida ‘secta’, ‘partido’, ‘facción’ y ‘herejía’. Una secta es una división o cisma; se refiere a un grupo de personas que han optado por separarse del conjunto mayor, a fin de seguir sus propios principios. El clásico ejemplo del pecado de sectarismo se encuentra en 1 Corintios 1:11-13, donde Pablo dice:
Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?
Note usted que en el concepto de Dios, la iglesia de Corinto incluía a todos los cristianos que vivían en la ciudad de Corinto (1 Corintios 1:2). Sin embargo, algunos de ellos estaban trazando un círculo alrededor de sí mismos, que era menor que el Cuerpo de El Ungido en Corinto (lamentablemente, nuestra tendencia carnal a trazar líneas donde no las debemos trazar, aún prevalece en el cristianismo). En vez de hacer que el Cuerpo fuera el contenido de la iglesia, algunos estaban haciendo que su líder espiritual favorito fuera la base de su comunión.
Con severidad amorosa, Pablo reprendió fuertemente a los tales por su espíritu sectario, condenando aquello como una obra de la carne (1 Corintios 3:3, 4; Gálatas 5:19, 20; ver también Judas 19). Si en ese caso no se hubiese atendido la reprensión de Pablo, se habrían originado cuatro diferentes sectas en Corinto, y todas habrían alegado ser iglesias locales, esto es, ‘la iglesia de Pedro’, ‘la iglesia de Apolos’, ‘la iglesia de Pablo’ y ‘la iglesia de Cristo (exclusiva)’.
Cada vez que un grupo de creyentes socava la base bíblica de la comunión, excluyendo, sea explícita o implícitamente, a individuos a quienes Cristo ha recibido, constituyen una secta. Aunque tengan un letrero pintado en su edificio que diga ‘iglesia’ y estén incorporados con un estado legal de ‘iglesia’, el Señor no los reconoce como iglesia. En el lenguaje del Apocalipsis, no tienen candelero. Desde luego, esto no quiere decir que los miembros de la iglesia no pertenecen al Cuerpo de Cristo. Sin embargo, sí quiere decir que la institución que han construido para que pretenda ser una iglesia local, no alcanza los imperativos bíblicos.
Con respecto a esto, los cristianos no deben unirse a las sectas, porque las mismas son inherentemente divisivas y Dios no las reconoce. Para decirlo muy llanamente, la única iglesia que nosotros como creyentes podemos reclamar, es la que Cristo comenzó, esto es, el Cuerpo de Cristo en la expresión local. Lamentablemente, muchos cristianos modernos no comprenden que lo que ellos llaman ‘su iglesia’, en realidad son sectas a los ojos del Señor.
En tanto que no pocos cristianos han estrechado el alcance del Cuerpo de Cristo en su confraternidad, otros se han excedido en el mismo. En su esfuerzo por ser omnímodos o ‘todoinclusivos’, estos creyentes han procurado tener unidad con personas que no conocen a Jesucristo en absoluto. Esta clase de unidad es extraña a la Biblia; puesto que tan sólo aquellos a quienes Cristo ha recibido pertenecen a su Cuerpo, y por lo tanto, son parte de su iglesia. Recibir inconversos como miembros de la familia, es tornar la iglesia en algo terrenal y corromper el verdadero pueblo de Dios (1 Corintios 5:6; Gálatas2:4; 2Timoteo 3:6; 2 Pedro 2:1; Judas 4, 12). Desde luego, esto no sugiere que hemos de impedir que los inconversos asistan a las reuniones de la iglesia (ver 1 Corintios 14:23,24). Pero sí quiere decir que no hemos de recibirlos como nuestros hermanos. Luego, la unidad de la iglesia se limita al Cuerpo de Cristo y no se puede extender más allá del mismo.

Unidad mediante la organización

Al ver el problema del sectarismo, algunos han propuesto como solución la unidad organizacional. En este tipo de unidad visualizan todas las diversas hebras de la cristiandad laborando juntas y relacionadas unas con otras bajo la bandera de una asociación unificada. Semejante ecumenismo moderno se expresa típicamente en "los niveles superiores", cuando los líderes de las distintas iglesias regidas por la clerecía se reúnen regularmente y forman una asociación de ministros de varias clases.
En tanto que tal expresión de unidad parece ser válida, la misma es inadecuada a los ojos de Dios. Es nada más que una producción humana y no llega a tocar el problema básico del sectarismo. Mientras los cristianos continúen separándose unos de otros basados en características teológicas, métodos religiosos, estilos de adoración, prácticas espirituales, etc., seguirán reuniéndose sobre bases sectarias. Este es el caso, aun si han formado una federación de ‘iglesias’ (sectas) o de ministros. Tal exhibición de unidad no es más que darse las manos sobre la cerca de uno. Y Dios no puede estar satisfecho con arreglos semejantes, mientras los involucrados sigan manteniendo y justificando sus cercas hechas por hombres.
Si bien es un paso muy noble aceptar a los que forman parte de diferentes tradiciones cristianas, socavamos el principio bíblico si permanecemos en nuestras denominaciones hechas por hombres, que fragmentan el Cuerpo de Cristo. El propósito de Dios es que la ‘cerca’ se venga abajo del todo, o al menos que saltemos por sobre ella, y que su pueblo retorne a la base bíblica de la comunión cristiana, que es tan solamente el Cuerpo de Cristo. Desafortunadamente, en nuestros días un gran número de creyentes, especialmente un creciente número de la clerecía o liderazgo, no están dispuestos a tocar este punto sensible. Es mucho más fácil para nuestra carne permanecer en estrecha comunión con aquellos cristianos cuyas creencias concuerdan con las nuestras, que vivir con los que difieren con nosotros en su doctrina, personalidad, estilo de adoración, práctica espiritual y cosas por el estilo.
En tanto que muchos cristianos están dispuestos a dejar sus zonas de conveniencia hasta cierto punto, la mayoría tiene una inclinación natural de presumir que Dios pasa por alto la contemporización de ellos, en vista de que han mostrado alguna medida de sacrificio. El resultado es que lo bueno se torna en enemigo de lo mejor. Así, dentro del redil de la cristiandad se encontrarán aquellos que se han conformado con expresar una unidad parcial con otros creyentes, en tanto que al mismo tiempo cierran los oídos al llamamiento de Dios a la completa unidad bíblica. Eso no es diferente de cómo los reyes de Israel limpiaban el templo pero dejaban intactos los lugares altos. La verdadera unidad requiere que el poder de la cruz obre profundamente en la vida de aquellos que la procuran. Por esta razón Pablo exhortó a la iglesia de Efeso a vivir "con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo..." (Efesios 4:2-4).
Tal exhortación habría tenido poco sentido si los creyentes efesios hubiesen estado divididos en sectas y sólo confraternizaban unos con otros cuando era conveniente y cómodo. Todo lo contrario, la iglesia local que se visualiza en el Nuevo Testamento no se dividía en sectas. No sabía nada respecto de separar a los creyentes con arreglo a divisiones denominacionales, exenciones cristianas, adeptos religiosos y unidades tribales espirituales.
Ni tampoco sabía nada acerca de formar una asociación de sectas o de líderes. Más bien, todos los miembros del Cuerpo de El Ungido, en un lugar dado, pertenecían a la misma iglesia —no sólo en espíritu, sino en la expresión práctica. Cada creyente veía a todos los demás creyentes como órganos del mismo Cuerpo —ladrillos del mismo edificio —hermanos/hermanas de la misma familia —soldados del mismo ejército. En una palabra, los cristianos primitivos no se daban la mano sobre la cerca al tiempo que declaraban ser uno; "estaban juntos" en comunión irrestricta, rehusando dejar que su carne erigiera semejantes cercas. John W. Kennedy expresa bien la carga del Señor por la unidad cuando dice:
Con el advenimiento del movimiento ecuménico, la jerarquía de una amplia sección de la cristiandad organizada ha comenzado a hacer eco al clamor por ‘unidad’. Sin embargo, no parece que se haya reconocido que unión sin comunión no tiene sentido... Donde no hay un corazón que sienta uno por el otro, una crucifixión del yo y un entrar en la ‘conciencia de Cuerpo’, que es producto tan sólo de la regeneración y del continuo fluir de la vida y vitalidad del Espíritu, no puede haber comunión en ningún sentido espiritual... Una desparramada pila de ladrillos no es una casa, aun cuando en apariencia puedan estar unidos; un ladrillo luce muy igual a otro. De modo similar, un desparramado grupo de personas regeneradas que alegan ser todas ellas uno en Cristo, no es una iglesia. Deben estar "bien concertados y unidos", cada uno contribuyendo su lugar en particular en el edificio espiritual, y consciente del lazo de vida y de responsabilidad mutua que vincula a todos ellos juntos. El propósito de esta unidad es constituir una "morada de Dios en el Espíritu" (Secret of His Purpose /El secreto de su propósito/).

Unidad mediante la doctrina

La unidad doctrinal es otra idea que algunos han presentado como solución para remediar las divisiones que hay en la iglesia. Los cristianos que endosan este tipo de unidad hablan mucho de la necesidad de la "pureza doctrinal". La tragedia está en que aquellos que hacen de la pureza doctrinal la base de la comunión, por lo general terminan haciendo de unas doctrinas no esenciales el fundamento de la unidad cristiana, rehusando de ese modo tener comunión con genuinos creyentes.
Aquellos que ponen énfasis en la unidad doctrinal, típicamente viven y andan recelando extremadamente de sus hermanos que son de otras tradiciones. Y a menudo lo hacen bajo el pretexto de "defender la fe". En tanto que yo, personalmente, creo que hoy en día una de las necesidades más urgentes que hay entre los cristianos es el discernimiento espiritual basado en las Escrituras, es tanto fundamentalmente no bíblico como profundamente no cristiano andar por ahí escrutando a nuestros hermanos con ojos críticos. La Palabra de Dios nos previene contra aquellos que están dominados por un espíritu arrogante, juzgador y criticón —porque éste es el mismísimo espíritu que caracteriza al acusador de los hermanos (Judas 16, Apocalipsis 12:10).
Si hacemos que el Señor sea nuestro único objeto, El nos mostrará cuándo estamos en presencia de una falsedad y nos guardará de su efecto. Pero si estamos siempre procurando olfatear el olor de algún error en otros, con toda seguridad no percibiremos al Señor cuando El esté hablando por medio de uno de sus pequeños. Por consiguiente, en vez de procurar activamente poner bajo la luz del reflector los conceptos erróneos de otros, busquemos más bien encontrar algo de Cristo cuando quiera que un hermano o hermana abre la boca. John W. Kennedy lo expresa bellamente:
Con la pasión del hombre por sistematizar la verdad de la Biblia ha venido mucha luz y bendición. Nadie debe desacreditar la devota labor de los hombres de Dios, que, a lo largo de las edades, les ha traído a incontables millares de personas una apreciación más profunda de su herencia en Cristo. Con todo, ninguna sistematización humana de la verdad divina tiene lugar alguno para la iglesia. Aceptar tal sistematización constituye el camino al estancamiento, y es el preludio de una ulterior división entre el pueblo de Dios. Cuando alguna asamblea toma a su cargo, como iglesia, enseñar un código de doctrinas restringido, la misma ha dejado enteramente el terreno de la iglesia y ha entrado en el dominio del sectarismo

Unidad mediante el organismo

Por extraño que esto suene, la Biblia no conoce nada de unidad organizacional ni doctrinal; sólo conoce la unidad orgánica. La cuestión decisiva en lo que respecta a la comunión y la unidad, es la vida interior. La cuestión central que debe regir nuestra comunión es simplemente esto: ¿Ha recibido Dios a esta persona y reside en ella la vida de Jesucristo? (Romanos 8:9; 2 Corintios 13:5). La vida de El Ungido que mora en una persona es el único requisito para la unidad del Espíritu.
Ciertamente, aquellos que han nacido del Espíritu, habrán de vivir de un modo que sea consecuente con este hecho (1 Juan 2:29; 3:14). Asimismo eso querrá decir que se habrán de adherir a las doctrinas esenciales relativas a la Persona de Jesucristo y a su propiciación (véase Efesios 4:3-7 para una enumeración de los siete factores principales necesarios para la unidad espiritual). Pero también puede entrañar que no están claros en cuanto a ciertas cosas espirituales. Su personalidad puede chocar con la nuestra, su estilo de adoración nos puede ser desagradable, pueden ser inmaduros y carentes de luz, y pueden ser penosamente excéntricos. Sin embargo, el hecho de que Cristo mora en ellos, nos obliga a recibirlos como miembros de la familia, no sólo "de palabra o de lengua, sino de hecho y en verdad" (1 Juan 3:18).
Que nadie se engañe
Hoy la unidad de la iglesia está severamente desfigurada. En tanto que todos los cristianos somos uno en espíritu, la expresión práctica de nuestra unidad está muy lejos de lo que era en el Nuevo Testamento. Dios no puede sino estar contristado con la situación de hoy día, en que su pueblo se ha fragmentado en montones de congregaciones desarticuladas e inconexas, todas operando independientemente unas de otras.
Por contraposición, durante los días de la iglesia primitiva cada asamblea local estaba completamente unificada. Todos los creyentes de un lugar determinado vivían como una familia. Si usted era un creyente en Jerusalén y yo también era un creyente en Jerusalén, los dos pertenecíamos a la misma iglesia local. Teníamos los mismos supervisores y no hacíamos divisiones entre nosotros. Y si yo abrigaba pensamientos de hacer que mi ministro favorito fuera la base de la unidad y me aventuraba a ponerme de acuerdo con otros que tuvieran semejante parecer, para formar "la iglesia de Pablo", ¡de seguro que yo habría sido severamente reprendido por mi tendencia sectaria! Hasta declarar que pertenezco a un hombre, a una doctrina o a un método, es tanto carnal como sectario (1 Corintios 3:3, 4).
Irónicamente, nos permitimos hacer semejantes distinciones partidarias sin estremecernos nada cuando decimos "Yo soy bautista", "Yo soy pentecostal", "Yo soy carismático", "Yo soy calvinista", "Yo soy presbiteriano", etc. (de hecho, la palabra ‘denominación’ significa literalmente un nombre o designación de una clase de cosas). Qué convenientemente nos olvidamos de que Pablo dirigió una severa reprensión a los corintios cuando empezaron a denominarse exactamente de la misma manera (1 Corintios 1:11-13). Para decirlo en forma enteramente sincera, el sistema denominacional moderno, que incluye un gran número de iglesias llamadas no denominacionales, post denominacionales e interdenominacionales, está reñido con el principio neotestamentario. Una vez más John W. Kennedy resume esto muy bien diciendo:
Una vez que hemos conocido algo de la visión del Cuerpo, el espíritu de ‘mi confraternidad’, ‘nuestro grupo’, o de hacer diferencia entre el pueblo de Dios, llega a ser aborrecible. Para aquellos que han gustado la comunión de la iglesia, el sectarismo y las constricciones del denominacionalismo son intolerables. La base de la iglesia es la conciencia (percepción) de la vida común del Espíritu, y el Espíritu no concurre sobre ninguna otra base

La artimaña del enemigo

Hay pocas cosas que van más directamente al corazón del testimonio de Jesús que la cuestión de la comunión entre su pueblo. En consecuencia, la principal artimaña de Satanás está dirigida a destruir la comunión de los hermanos, porque es por medio de tal división que él mantiene a la iglesia en debilidad. Como nuestro Señor lo dijo: "Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer." Es por esta razón que las fuerzas de las tinieblas buscan toda oportunidad para hacer que los creyentes se dividan entre sí, arrojen sospechas unos sobre otros, se juzguen y se separen unos de otros. Por eso los problemas que surgen entre hermanos llegan mucho más hondo que las diferencias en la naturaleza, en el temperamento y en el aspecto.
Hay un siniestro ataque total de parte del enemigo, dirigido a destruir el testimonio del Señor mediante divisiones, y a menudo él habrá de usar nuestros fútiles esfuerzos de relacionarnos unos con otros sobre una base natural, como el motivo para su ataque. De consiguiente, debemos ser sensibles al hecho de que el testimonio del Señor, que El está procurando restablecer en esta hora, es inseparable de nuestra unidad. Y el diablo habrá de hacer cualquier cosa que pueda para destruirla. La única protección contra este ataque es tener todo lo que es natural en nosotros firmemente puesto en la cruz. Si somos fieles en hacer esto, el Señor podrá obtener lo que El busca en nosotros.
Desafortunadamente, Satanás ha tenido un completo éxito en engañar a los cristianos haciendo que den buena acogida a la división. Los esfuerzos racionales para justificar la división siempre resultan en un tema en nosotros que no estamos dispuestos a tratar —incluso cuando nuestras quejas contra nuestros hermanos son legítimas. Cedemos terreno al enemigo cuando quiera que nos dividimos. Satanás es muy listo al ofrecer razones de por qué no podemos confraternizar con ciertos hermanos —cómo fallan, cuán imposible de resolver es la situación, cuán diferentes son de nosotros, cuán poco espirituales pueden ser, etc.
Nos resulta mucho más fácil en nuestra carne ceder terreno a tales pensamientos, que dejar que Dios use las debilidades de nuestros hermanos para tratar con nosotros en las áreas esenciales de la indulgencia, la paciencia, la longanimidad, la incredulidad, la autocompasión, la rebelión, la impulsividad, etc. Es en tiempos de semejantes dificultades que nuestra creencia en la unidad del Cuerpo queda brutalmente sometida a prueba; pero es aquí donde Dios separa aquello que es mera teoría para nosotros, en lo que concierne a la unidad de la iglesia, y lo que es real. Ojalá que seamos de veras fieles en mantener el testimonio del Señor rehusando dividirnos de nuestros hermanos en Cristo, procurando más bien servirlos incondicionalmente.

Resumiéndolo todo

El contenido de la iglesia local es el Cuerpo de Cristo. La unidad cristiana es tan inclusiva como el Cuerpo, y los cristianos no han de mantener ninguna unidad que sea menor que el Cuerpo. La unidad bíblica no es ni organizacional ni doctrinal, sino orgánica. Las confraternidades que ya sea socavan o exceden el alcance del Cuerpo, no son iglesias bíblicas. Las así llamadas ‘iglesias’, denominacionales y no denominacionales por igual, que se reúnen en base a una cierta línea de enseñanza, un método religioso, una distinción nacional, una diferencia racial, una práctica bíblica, un ministerio especial o un ministro talentoso, son sectarias, porque han estrechado la base bíblica de la confraternidad espiritual. De manera similar, las congregaciones cristianas que abren sus brazos de confraternidad a los inconversos, recibiéndolos como a hermanos en la familia divina, también se aferran a una visión extraviada de la asamblea local y no pueden ser consideradas como iglesias bíblicas.
En el concepto de Dios, la iglesia es un unificado Cuerpo de El Ungido con expresiones locales en todo el mundo. Por tanto, dejemos de usar la palabra "iglesia" en un sentido tribal, donde la igualamos con denominaciones cristianas, estructuras jerárquicas de autoridad descendente, instituciones impulsadas por programas, y empresas guiadas por la clerecía. Sólo el Cuerpo de Cristo es la base de la unidad del pueblo de Dios, y el Señor nos ha llamado para que tengamos una despejada comunión con todos los que le pertenecen.
¡Por tanto, lo que Dios ha unido, que nadie lo separe!
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